El torico delator

cuentos, literatura, microrrelato

El primer golpe sonó tímido, justo al final de la tarde, cuando el sol apenas incidía de manera oblicua sobre las calles y el fresco común había ganado ya casi todo el terreno al día. Más que un golpe fue algo así como un traqueteo, un forcejeo sobre una superficie de madera, un arañazo contra una puerta como cuando intentas entrar a una nueva casa con un mueble, pero no eres capaz de imaginar el ángulo.

El segundo estruendo repiqueteó como una castañuela, pero si de verdad hubiera habido uno de estos instrumentos musicales en el cielo, sobre las cabezas de los vecino asomados al balcón, la pieza habría tenido que ser enorme, colosal, del tamaño de una nube a punto de descargar su rabia en forma de agua. Y, aunque el final del día podía llegar a ser más o menos fresco, como la mayoría de las tardes en la diminuta ciudad, nubes, desde luego, no había. Y sin nubes no había posibilidad de truenos, ni de lluvias, ni de ramblas.

El tercer movimiento se pareció al solo de un percusionista en su momento álgido. Justo en la parte del pentagrama donde pone que tú tocas y los demás se abstienen. ¡Boom, boom, tras, tras, cliiiin! ¡PLAS! Pero ni en la plaza, ni en el Seminario, ni en los barrios había conciertos agendados. De hecho, durante ese día, todos los músicos de la ciudad andaban componiendo entre blancas y corcheas, y del nuevo conservatorio solo emanaban figuritas de silencios que chocaban contra los viaductos en su ascenso a los cielos.

El cuarto rugido resonó como el lamento de una bestia cargada de un carro repleto ascendiendo por la Andaquilla, pero allí nadie andaba esperando a ningún Diego y si gritabas desde arriba, el barrio del Carmen apenas si te devolvía el eco de tu voz. “¿Hay alguien ahí?” “Solo tú, mujer, vuelve a casa a cenar, que queda mucho para febrero”.

El quinto bramido fue claramente animal y, si en la Andaquilla no había bestia, perfecto, pero no había que estar dotado de sentidos muy agudos para saber que algo estaba pasando. Todos los vecinos de la ciudad se asomaron a las ventanas, salieron por la puerta armados de linternas, palos y sacos, y se pusieron a buscar. Las niñas señalaban con la mano que les quedaba suelta en todas las direcciones mientras sus progenitores avanzaban de aquí para allá buscando y buscando.

La sinfonía de golpes, alaridos, repiqueteos y mugidos se volvió ensordecedora y la búsqueda infinita. 

‘Un lugar seguro’, por Cristina Armunia

cuentos, Libros, literatura, Periodismo

Hace algo más de un mes, lancé una campaña con libros.com para conseguir publicar mi primera novela, Un lugar seguro. Unas semanas después, y gracias a la ayuda de mis amigas y familiares, conseguimos los apoyos suficientes (esto son 4.000 euros) para dar uno de los pasos más importantes de mi vida, sacar adelante mi primer libro. La primera edición será de, al menos, 150 libros. Digo al menos porque el libro se puede seguir reservando.

No conozco bien el mundo editorial y apenas tengo contactos en él, por lo que el formato de libros.com me pareció que se adaptaba de una manera perfecta a mis deseos. Mi sueño, que después de este vengan muchos más libros. De hecho, ya estoy trabajando en el siguiente, que vuelve al mundo rural para quedarse mucho rato.

Un lugar seguro narra cuatros historias de personas jóvenes que se entrelazan. Laura y Daniel son los protagonistas indiscutibles y sobre los que recae el grueso de la trama. Me senté a escribir esta historia cuando, después de dos años de becaria en un medio de comunicación -y sabiendo que no me iban a contratar-, abandoné la beca y me puse de autónoma a escribir contenido de todo tipo para webs. Creo que fui copy, por lo que me cuentan ahora. 

Combiné esta labor con la redacción de mi tesis doctoral y con el inicio de esta novela. En ese momento no lo sabía, pero estaba escribiendo sobre precariedad y deseos. Sobre frustraciones y desarraigo. Sobre duelos que no se transitan bien porque una no tenía -ni tiene- todas las herramientas. 

Para mí ha sido alucinante el último mes y medio. He visto cómo la gente que me rodea, no solo la más cercana, me ha tratado con un cariño inmenso y me ha alentado a seguir promocionando este libro. A mí no se me da bien promocionarme, es algo que como periodista nunca se me ha dado bien y que quiero cambiar como escritora. A lo que voy: la gente que ha reservado su ejemplar y que ha compartido en redes este proyecto es gente maravillosa a la que siempre estaré muy agradecida. Porque me he abierto en canal. Si se me permite un consejo en este mi propio blog, os diría que os dediquéis tiempo y mimo siempre que podáis. Estar relajado ayuda a creer en uno mismo.

Yo por mi parte voy a seguir trabajando, porque soy una currita del periodismo, y voy a seguir escribiendo, porque es lo que hago desde que tengo uso de razón. 

Me parecía muy mal tener este blog en marcha desde hace diez años, que dedico casi completamente a la literatura, y no haber hecho una entrada sobre mi propio libro. LOL.

Seguiré compartiendo por aquí algunos detalles de esta andadura editorial que me está haciendo soñar y tener ganas de comerme el mundo. He vuelto a escribir a diario, a buscar concursos, a hacer contactos y escribir a más editoriales. Vuelvo a estar abierta al mundo literario, que nunca se va de mí, pero que a veces trabaja en la sombra, cerca de mi esternón y lejos de mi cabeza.

Payasos y mascarillas

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A las diez suena el despertador y, como todos los días, se levanta de un salto sin apenas hacer ningún esfuerzo. Con el cuerpo descansado y la mente despejada, se coloca un reloj de oro alrededor de la muñeca izquierda y el peso de la pieza le devuelve a la realidad. Madrid empieza a arder en pleno mes de mayo y, al abrir el armario milimétricamente ordenado, busca con la mirada el estante de la ropa de verano, que ocupa un tercio del total, y que siempre huele a rosas y a lavanda.

Elige unos pantalones cortos blancos de lino y un polo rosa, que cada año se le ajusta más en los pectorales, pero que se niega a jubilar. Le encanta alardear de cuerpo esbelto y de ropa juvenil que no pasa de moda, porque supo elegir la marca, el algodón y el modelo. Todo está perfectamente planchado, plegado y perfumado.

Enciende la radio y se mete en la ducha. Van a eliminar una ley y se va a montar jaleo, piensa mientras se enjabona con mimo y con el agua ardiendo. Los brazos, las pantorrillas y los pies se le ponen rojo tomate y le agrada lo que ve, porque se acuerda de su cuerpo tostado por el sol y de la casa de la playa. Como sigan impidiéndole ir a La Manga se comprará un tanque o fingirá ser parte del cuerpo diplomático, lo que haga falta.

Madrid pasará a la fase 1. Cierra el agua, se enfunda un albornoz blanco reluciente y sale del baño con un cabreo monumental. Se viste. Supera los cincuenta años, pero tiene un cuerpo atlético y dorado. Qué fase, ni qué fase. Rechaza el desayuno que le han preparado, coge una cajetilla de tabaco, las llaves del piso y sale a la calle, a pasear.

No tiene ni idea de cuál es su franja ni si está incumpliendo alguna ley. Que le paren. Le encantaría que le parasen. Acude a su bar de confianza, a pesar de que le han dicho ya cien veces que ahora solo reparten comida a domicilio. Pide un solo largo y los camareros, resignados, se lo sirven. Se aposta en una valla que arde por el sol mientras aguarda por el café de máquina. Enciende un cigarrillo y, paciente, espera a que sus vecinos se aproximen hacia él. Muchos le esquivan y se cruzan de acera porque ya lo tienen bien calado y no quieren problemas.

Con su cigarro y su café ardiendo, ve cómo una chica joven e inocente se acerca hacia su esquina y se le llena el alma de alegría. Parece que va al súper porque lleva bolsas vacías, mascarilla y unos guantes.

– ¡Sois unos payasos! ¡Sois unos payasos con mascarilla! La mascarilla os la tendríais que haber puesto el 8 de marzo. Ahí sí que os la tendríais que haber puesto. Panda de podemitas. ¡Sois unos payasos! La pandemia empezó en febrero, a ver si se lo decís al Gobierno y ahora todos con las máscaras… –la chica se para, le mira y le ignora. Pasados unos segundos, el hombre repeinado vuelve a su café y espera, súbitamente tranquilo, a su próxima víctima.

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Gente normal (Normal people), por Sally Rooney

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Recibí este libro de manos de una amiga que me lo prestó acompañado de una notita: «Marianne tiene algo de ti». Durante toda la lectura –cuatro tardes a lo sumo–, estuve buscando esa parte de mí en ella, una protagonista de gran profundidad, construida a consciencia. Un personaje perfecto para poder contar una historia en la que predominan los sentimientos y las sensaciones. Ser un preadolescente que se va de casa a estudiar fuera no es fácil. Tampoco es como ir a la guerra, está claro. Enseguida me atrapó.

Lo siguiente que llamó mi atención en ‘Gente normal’ fueron los diálogos sin guiones, que al principio desconectan mucho, pero llegas a acostumbrarte. Supongo que la supresión de los guiones sirve para añadir más confusión a los pensamientos y razonamientos de dos adolescentes que se quieren, pero no tienen ni idea de cuidados, de amor, de hacerse mayor…  Escribir sobre sentimientos, pensamientos y dilemas me parece algo súper complejo y creo que es eso lo que más me ha gustado de este libro.

‘Gente normal’ aborda extremadamente bien el bullying en la niñez y en la adolescencia, llegando a su punto más álgido en los últimos años de instituto. A Marianne la maltratan sus compañeros de instituto, llegando incluso a hacer la vista gorda ante una agresión física una noche en una discoteca. Hablan mal de ella, se ríen de ella, creen que es rara… y por si esto fuera poco, sufre violencia machista en su casa. Un cóctel jodido.

Connell es el otro protagonista de esta historia, enmarcada en un pueblo de Irlanda y en Dublín. A través de este personaje asistimos a la metamorfosis de un chico «de pueblo» y popular en el instituto, que termina siendo el antisocial de la Universidad. A través de este personaje se nos muestra cómo la sensibilidad masculina sigue estando mal vista y cómo funcionan los equilibrios de poder entre un chico y una chica.

El papel de la madre de Connell me parece esencial, porque es el que une los mundos de los dos protagonistas –es la limpiadora en casa de Marianne– y, además, ha sido madre soltera muy joven. Entre los dos surge una relación que se va a ir transformando en el tiempo y que no siempre será ideal. De hecho, muy poco tiempo es perfecta. Sin embargo, en esos momentos únicos es donde quieren volver los dos personajes cada vez que algo va mal  y se sientes confusos.

En definitiva, y por no extenderme más, es una novela preciosa y le tengo una envidia horrible a  Sally Rooney.

Última columna: Calabaza, yo te llevo en el corazón

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Arrancar la maleza, labrar la tierra, deshacer sus terrones y empezar a plantar. Apurar los pasos de la siembra de este año, que se parecerá y mucho a la de temporadas anteriores, pero que será completamente diferente. Conseguir las simientes, que son escasas. Buscar planteros en las fruterías, entre guantes y mascarillas.

Llamar al de la cooperativa porque solo encuentras cebollino y hay que poner calabazas, pepinos, tomates, pimientos, judías y puerros. Hablar con Procopio, el vecino, que tiene de todo como siempre, pero lo tiene justo. Saber si esta vez mereció la pena reservar dos caballones para las fresas, que siempre salen diminutas y ácidas. El que no plantó los ajos antes del barbecho inesperado, ya se puede ir olvidando.

Aquí, todo el artículo.

Un monstruo en la catedral

Actualidad, cuentos, literatura, microrrelato
Bajó las escaleras casi de un salto, corrió por el andén al ver que todo el mundo lo hacía, entró a la fuerza en el vagón y resistió al ambiente cargado de manera estoica. Ya solo le separaban tres paradas de la Puerta del Sol, del Oso y el Madroño y de los señores que van vestidos de Spiderman y Piolín en invierno y en verano. Tanya llevaba años deseando visitar Madrid y eligió el otoño de 2018 para hacer realidad uno de sus sueños.

De manera fortuita ascendió a la superficie por la salida de cristal, la que tiene forma de pez extraño, y justo allí se hizo el primer selfie. Rauda, como cualquier otra millennial que ha recibido un buen entrenamiento, la colgó en Instagram, la compartió en Facebook y se la envío a sus padres por Whastapp. “Aquí, en la puerta del Sol”, tituló a la instantánea.

El cielo estaba encapotado, pero no hacía nada de frío. Así que empezó a recorrer calles, a comprar postales y a probar tapas castizas como si no hubiera un mañana. España era maravillosa y se felicitó por estar allí, justo en la antesala del invierno.

A menos de dos kilómetros del centro de la ciudad, entre las sombras y encerrado en un cubículo de madera, empezó a despertarse una especie de masa gris, con forma humana y cuerpo volátil. Lento, torpe y siniestro emitió un bostezó, abrió sus fauces y un pequeño temblor pudo notarse a lo largo de toda la Calle Mayor.

“¿Lo has sentido?”, le preguntaba una señora a su perrito. “Ha sido un pequeño terremoto”, decía el dueño de un restaurante. “A ver qué pone en Twitter”, sentenciaba un joven sobre un patinete eléctrico.

Con los ojos ya casi abiertos, sintió la madera fría, el olor a polvo y las duras placas que le obligaban a estar inmóvil y le impedían llegar a la superficie para poder asustar. El ente era oscuro y temible. Y él, consciente de su condición, quería salir a investigar, a dar un par de sobresaltos. Palpó cada centímetro de la caja recia y, después de minutos de minucioso repaso, encontró una rendija perfecta por la que podría salir y volver a entrar siempre que fuese necesario.

Tanya seguía pizpireta el recorrido ‘Descubre los secretos de Madrid’ que había descargado la noche anterior de un blog completamente especializado cuando, de repente, un inmenso rayo surcó el cielo de arriba abajo y se echó a llover. Incluso eso le pareció adorable y, sin mucho drama, puso en Google: “qué ver cuando llueve en Madrid”.

El buscador le sugirió visitar iglesias y catedrales. Solícita, se encaminó al templo más cercano caminando sonriente bajo la lluvia. Haría un par de fotos de los detalles del lugar y compartiría con sus amigos un poquito de la historia de España.

En el edificio blanquecino casi no había gente, tampoco a las puertas, ni en los alrededores. El día había terminado de nublarse y la gente se iba directa a sus casas. Nada más cruzar el portón de madera, sintió un frío helador. Algo rozó su brazo derecho y le hizo temblar. Se ajustó el abrigo y la bufanda para continuar con la visita, pero el frío era cada vez más intenso.

Ágil, como un adolescente, consiguió burlar todas las puertas del lugar, se deslizó por las escaleras, se encaramó a las paredes y descubrió a la chica que acababa de atravesar el umbral. Paciente como un monje budista eligió el momento justo para encontrarse con su brazo, para darle el susto de su vida. Invisible, como una buena criatura extraña, retrocedió hacia la rendija de entrada y de salida para esconderse de nuevo y esperar a su próxima víctima. Le gustaba su nuevo hogar, mucho más transitado y cosmopolita.

En medio del silencio, la chica gritó y sintió cómo el corazón se le salía del pecho. Algo real, que casi se podía tocar, había surgido desde el subsuelo y le había atravesado. Despavorida, miró hacia todos los lados en busca de auxilio. Había un monstruo en la catedral y le estaba persiguiendo. Buscó la salida a toda prisa, se tropezó con los bancos, las flores y las velas, y salió a la calle. Seguía lloviendo.

“Si visitáis el centro de Madrid, cuidado. Hay un monstruo en la Catedral y creo que tiene bigote”, alertó a sus amigos en Facebook.
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Una ilustración de Pablo J. Álvarez.

«Valledupar es la ciudad de los santos reyes del cacique Upar»

Actualidad, cuentos, Periodismo

Una voz grave resuena en el interior de una furgoneta de 12 plazas en la que personas de todas las partes del mundo escuchan con atención. Tiene la sonrisa enorme, los brazos finos y lleva sombrero. Cuando pronuncia el nombre de su ciudad, se le hincha un poco el pecho. Le pasa exactamente lo mismo cuando habla de la sierra que escolta al valle, del río cristalino en el que nadan por las tardes o de la comida que hace un primo de un amigo que conoció de niño.

Los jóvenes colombianos sienten orgullo de su tierra y de la historia que les rodea, que lo impregna todo. Aquí una escuela de su folclore, allá un museo de su música, en todos los sitios «mira esa vitrina repleta de retazos del gran García Márquez», autor y deidad a partes iguales. Curiosamente, hay guías turísticos de todas las edades. Ante la falta de trabajo, muchos colombianos han visto en esta actividad una gran oportunidad para combatir el paro y reconvertirse.

«Valledupar es la ciudad de los santos reyes del cacique Upar, entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la serranía del Perijá, ciudad bañada de hermosos ríos que descienden desde las cimas», empieza su relato Franco Gutiérrez y se nota que se lo sabe de pe a pa, no hay ni el más mínimo titubeo. Afuera, en la calzada irregular, los coches y las motos adelantan a la furgoneta por cada flanco justo después de dar un pitido, técnica sonora de sorprendente utilidad.

El repor entero en eldiario.es.

Los tiempos del odio, por Rosa Montero

Actualidad, escritores

ROSA APERTURALlega pronto y bien abrigada porque esta semana ha hecho un frío repentino, del que resfría a todo el mundo y rompe los paraguas. Rosa Montero entra sonriente, comenta que también irá a América Latina a presentar Los tiempos del odio (Seix Barral), la tercera entrega protagonizada por Bruna Husky, la androide de combate que ejerce de detective en un mundo futurista y terriblemente posible.

Especismo, supremacía, cambio climático y tormentas arrolladoras son el envoltorio de un Madrid imaginado y decadente. «Es un ejemplo de lo que nos puede pasar con el cambio climático. Todo lo que cuento es razonable y posible. No es que sea una crítica, es un suspiro de horror o de angustia hacia esto», explica la autora, Premio Nacional de las Letras el año pasado.

«Define punk. Tengo miles de personajes que van a contracorriente. En general, todos», responde hacia la mitad de la entrevista, en la que también habla de Franco, de El cuento de la criada y de Margaret Atwood, entre otras muchas cosas.

Nada más recibir su libro surgieron dos preguntas casi automáticas. ¿Sin amor no merece la pena vivir? Y la segunda, ¿es posible contar una historia tan humana eligiendo el género de la ciencia ficción?

Empezando por la segunda, total y absolutamente. La ciencia ficción es un género que a mí me encanta, que he leído desde siempre y me encanta precisamente porque te proporciona una herramienta metafórica poderosísisma para hablar de la condición humana, del aquí y el ahora. Con la ciencia ficción puedes hablar de lo que somos, de lo que necesitamos, del corazón más luminoso o más negro de una manera muy expresiva. Es magnífica su capacidad para representar la realidad.

Aquí en España, el gremio de libreros hizo hace diez años una encuesta sobre los gustos lectores, fue un estudio muy grande. Entre otras cosas, lo que descubrió fue que el género que más odiaban los españoles, hombres y mujeres, era la ciencia ficción. Hay un gran prejuicio y desconocimiento hacia la ciencia ficción. Parece que es como hablar de cosas remotas y es justo lo contrario.

¿Y sobre la primera pregunta, la del amor?

Sin amor, no merece la pena vivir. Evidentemente. Es la primera frase de este libro, se repite varias veces y tiene dos vertientes.

Aparte de todos los temas esenciales míos, como la muerte o el sentido de la vida, este libro tiene dos patas: la del odio, la del despeñadero que está viviendo nuestra sociedad hacia un abismo e involución que nos puede llevar por delante, y la del amor.

Se trata de una parte más grande del concepto que se opone justamente a los tiempos del odio. Viene a decir que lo que necesitamos es más empatía, más tender puentes y no quemarlos. Sin amor o sin el otro no merece la pena vivir. Somos animales sociales y necesitamos vivir con el otro. Y lo digo con énfasis porque nos estamos enfrentando a un mundo que al otro lo mata.

Y también tiene un papel central el amor sentimental y pasional, que es importantísimo en esta novela. Este es un punto para Bruna muy importante. En las tres novelas, ella ha tenido una evolución. Bruna es una androide de combate y es muy valiente físicamente, al contrario que yo que soy una cobarde física total, pero le tiene pavor a los sentimientos y las emociones porque cree que los sentimientos la debilitan. Hace su propia evolución hasta admitir su necesidad emocional.

En esta novela, que para mí es la mejor de las tres porque es la culminación de la historia del personaje y de ese mundo ya maduro, ella intenta encontrar el punto de equilibrio entre el riesgo de amar o cerrarse y no amar. Esto no es que te ponga en riesgo es que te hace perder la vida.

Entrevista completa en eldiario.es 

Sí, soy el psicólogo que te ha asignado la Seguridad Social

cuentos, Periodismo

Cristina (nombre ficticio) llamó por teléfono a su madre diciéndole que, además ir a yoga, se iba a «apuntar» al psicólogo. La madre escuchó a la hija con cierta incredulidad y distancia, «si ella quiere apuntarse, cómo le voy a decir que no, si mi hija se apunta a todo». Aunque no reforzó de ninguna manera la decisión y a pesar de que el verbo «apuntarse» no le parecía el más adecuado, dejó que ella misma lo decidiera.

Así que Cristina llamó por teléfono a su centro de salud y le dijo a la persona que estaba al otro lado que sí, que le apuntara. Sin gran demora, recibió una llamada y una mañana lluviosa acudió a su primera cita.

Al abrir la puerta de una sala completamente blanca, bañada por la luz de una mañana de verano, se dio cuenta de que conocía al susodicho que se sentaba al otro lado de la mesa. El tupé de pelo negro, los ojos pequeñitos y la sonrisa bien marcada eran inconfundibles.

– Pero Javier, ¿tú qué haces aquí?
– Soy el psicólogo que te ha asignado la Seguridad Social.
– Ah, vale.

Y este fue el sueño que tuve hace varios meses con Javier Gallego Crudo. Lol.